A palos con la mala leche

Lo sé, lo sé, el título es algo contundente, pero al pan, pan, y al vino, vino.

Demasiadas veces nos contenemos y nos tragamos la ira sin expresarla ni manifestarla.

¿Y sabes qué ocurre entonces?

Que esa ira no expresada puede empezar a desarrollarse y crecer hacia dentro, y terminar por dañar nuestro organismo. Sobre todo si somos personas que, como es mi caso, no procesamos adecuadamente los sentimientos, pues provengo de una familia poca expresiva y reacia a manifestar las emociones o las pruebas de afecto.

Por eso te recomiendo vivamente que,

-primero, estés atento a reconocer los momentos en que sientes ira o enfado. Las señales son evidentes, con el aumento del calor corporal, y la concentración del malestar e indignación en un área del cuerpo. Yo personalmente siento como si tuviera una caldera en mi pecho y en mi vientre a punto de estallar. Otra señal frecuente es la de la bilis, que empieza a subir en dirección a la garganta.

-empieza a fluir la adrenalina por tu organismo, te hallas más atenta y concentrada. Tu cerebro también se halla en estado de máxima alerta ante lo que está sucediendo, sin permitirse las distracciones habituales.

-el cuerpo se pone en posición de ataque, con ganas de repeler lo que considera una agresión. Si aún viviéramos en la época de nuestros antepasados primitivos, el asunto se resolvería con una buena pelea que podría conllevar lesiones o, en los casos más extremos, riesgo de muerte. Eso sí, desde luego que con violencia física se saca y se expresa la ira. Por ese lado no hubieras tenido que preocuparte. Pero como somos hombres y mujeres modernos, presumiblemente civilizados, no podemos optar por esta opción.  Vamos, como la chica que aparece en último lugar en el siguiente vídeo. Que lo disfrutes:

El problema es que nuestro cuerpo no sabe que estamos ya en el siglo XXI, y que lanzarte a linchar a tu oponente no está bien visto en estos tiempos, y sigue reaccionando como en el Pleistoceno. Nosotros le forzamos a detenerse cuando se halla en pleno proceso de manifestar su ira, y no le dejamos completar la liberación de energía. Y eso es como si a un coche que va lanzado en cuarta marcha de repente le pasas a punto muerto, sin transición ni aviso previo. Como mínimo, se te calará, y si haces esa misma maniobra varias veces, adivina quién acabará pagando una abultada factura de taller por destrozar la caja de cambios.

El cuerpo no está preparado para contenerse cuando está indignado. Cuando te enfadas una y otra vez y te lo vas guardando dentro al correr del tiempo, la amígdala almacena toda esa porquería sin expresar, y cada  vez se va pareciendo más a una olla exprés a punto de explotar. Y acaba explotando, claro.

Para evitar llegar a este punto, es necesario que expreses tu mala leche.

Te cito a continuación métodos que pueden servir a las personas con genio para desahogarse y quedar limpias, pero por favor, adáptalos a tus particulares circunstancias:

-Un sistema que recomiendan los maestros de la autoayuda es dar golpes a una almohada, o a un cojín, mientras gritas e insultas y expones todo lo que te apetecía decirle a la otra persona con la que te has peleado, pero que no has podido en su momento. No te cortes, llámala de todo, y métete con ella todo lo que puedas, mientras das buenos puñetazos. No pares hasta que se te quiten las ganas de seguir.

-También puedes usar  una bolsa o saco de boxeo. Yo a veces en la casa de mis abuelos, como tiene patio cerrado, empleo un mango de escoba, y le pego leñazos a la pared exterior de la casa hasta que me agoto, o se rompe el palo. Ya he tenido que comprar tres nuevos.

-Otra solución es gastar energía haciendo deporte. Agótate corriendo, o escalando, o andando en bicicleta.

Saca toda esa energía de rabia que has acumulado dentro cuanto antes, mejor. Exprésala y así te librarás de ella. Tu cuerpo se sentirá de nuevo equilibrado y tu estado de ánimo mejorará instantáneamente.

ira

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