La asertividad, esa moda contagiosa… y perniciosa

Ahora mismo debo de llevar ya cerca de 20 talleres sobre asertividad.

No es que yo me apunte a estos talleres, es que en cualquier taller de promoción de empleo, emprendimiento y talento al que voy surge el dichoso temita.

Me han hecho tests sobre ser asertiva. Siempre doy la puntuación más baja.

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¡Dios mío, no soy asertiva, qué problemón!

En cada ocasión, la mayoría de la clase siempre miramos con envidia a los dos o tres compañeros que han sobresalido en el test y que son MUY asertivos.

El profesor o profesora también emplea todas las técnicas que enseña, con una sonrisa que huele a falsa y con precisión.

“Necesitamos ser asertivos. Si no somos asertivos, no hay salvación”, nos indican una y otra vez. 

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Es la moda del momento. Seguro que en cualquier charla o conferencia a la que hayas ido en los últimos 5 años ha surgido la palabreja. O las técnicas. O ambas.

Ser asertivo es comunicarse de forma políticamente correcta.

No puedes cabrearte ni aunque te hayan hecho la mayor de las putadas.

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No, respiras hondo, y buscas la forma de responder con argumentos, pero sin alusiones personales, al interlocutor. Muestras respeto a su punto de vista y señalas que lo comprendes, pero blababa…

Nada de mentarle a la familia porque se comprometió a reparar tu coche en dos días, y ya va para dos semanas, y el coche sigue en piezas en su taller.

Ni gritarle: “¡Antes que volver a usar su compañía, prefiero volver a escribir cartas a mano!”, al encargado de atención al cliente de una mensajería, que te ha hecho la enésima faena, y ha vuelto a dejarte el mensaje de ‘No está en casa’ en tu buzón, y ha retornado el paquete que tanto esperabas a origen. Y eso a pesar de haber escrito una y otra vez en el pedido que trabajas por las mañanas, por lo cual sírvanse pasar solo por las tardes y previo aviso. Como los conoces, de todas formas te has tirado tres tardes sentada perdiendo el tiempo esperando por el mensajero dichoso, y cuando ya no puedes más y te escapas un cuarto de hora al supermercado (¡o vas a morir de inanición!), aparece el dichoso mensajito a la vuelta.  Y otra vez a la mañana siguiente.

Pero nada de echar humo. Tú, asertiva. Los asertivos llegan lejos, asegura el profesor. Y tú miras a los dos asertivos de la clase. Uno lleva en paro tres años y piensa en montar una cervecería. “Con el tiempo”, dice con una sonrisa radiante. La misma sonrisa que esboza cuando el profesor dice cualquier cosa. Siempre sonríe. La otra chica que también ha dado asertiva solo está interesada en ser becaria de la propia empresa que está dando el curso. Al final de la clase, se queda hablando con el profesor largo rato. También sonrisa radiante, discurso mesurado, y mucho peloteo.

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Pues discúlpenme por ser políticamente incorrecta, pero yo no lo trago. Lo del cuento de la asertividad, quiero decir. Me repatea. Me huele a falso, a impostado, a rollo de moda de dos telediarios. No digo que haya que faltar al respeto a nadie. Pero sí creo que en ocasiones está justificado cabrearse, y montar el pollo. Como excepción, vale, pero sí que se requiere mostrar enfado cuando nos están tomando el pelo. O cuando lo intenten. Es bueno y hasta sano demostrar a la otra persona que no eres tonto. Ni asertivo. Porque a veces la asertividad no funciona. Eso no lo dicen los profesores. Tampoco te cuentan que la mayoría de las personas no somos asertivas. Y por eso esas técnicas no llegan muy lejos a la larga. 

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Primero, si quiero cabrearme y ser una energúmena durante un rato (si tengo alguna razón que lo justifique), no veo por qué voy a tragármelo. Tragarse las cosas implica a largo plazo desarrollar una enfermedad. Esto que voy a decir puede chocarte, pero es la pura verdad: las personas más encantadoras que he conocido en mi vida, que nunca soltaron un exabrupto y nunca cayeron mal a nadie, ya no se encuentran entre nosotros. Han muerto de cáncer. Y ahora mismo puedo recordar al menos 5 de estos casos, el último muy reciente. En cambio, gente desagradable, rencorosa y torticera que también conozco, y que ha dedicado su vida a faltar al respeto y a molestar a los demás, pensando solo en sí misma, llega a los 90 (¡y más!) con facilidad.

Si la asertividad reinase, como desean los expertos de gestión del personal, aparte del tema de convertirnos a todos en sonrientes y encantadores obreritos-del-sistema, sin ningún afán reivindicativo, tampoco veo yo que dé resultados en el plano práctico.

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  • El chico de la cervecería del que antes hablaba todavía sigue haciendo planes. Resultados, pocos. Eso sí, con su eterna sonrisa de niño bueno. Sonrió cuando lo despidieron de su anterior trabajo. Y sigue plácido y tranquilo. Es la placidez de un lago, que no desemboca en ningún mar. Si en vez de un lago fuese un río de aguas turbulentas, otro gallo tal vez le cantaría. Porque se llevaría todo por delante para llegar a su destino en el océano.
  • La trepa asertiva que quería colocarse de becaria lo consiguió. Dos años más tarde, la echaron sin indemnización.  Vuelta a buscar otro trabajo.

Que la asertividad no funciona en la vida real se ve muy claro en política. ¿Quién triunfa ahora mismo? Pablo Iglesias de Podemos en España, por ejemplo. El antiasertivo. Él intenta seguir las indicaciones de sus gurús del marketing, pero falla de vez en cuando y pierde los papeles. En el Congreso insultaba, se desgañitaba, descalificaba… todo lo que debe hacer un antiasertivo. Y ahí está, subiendo en votos como la espuma.

En cambio, el socialista Pedro Sánchez, que es asertivo y educado por naturaleza (salvo las ocasiones en que sus asesores le aconsejaron que se desmelenara e insultara a Rajoy, y aquello salió fatal), no da una y no para de perder votos. Siempre mesurado en el discurso, no llega, no cala en los votantes, porque su habla es fundamentalmente cerebral. NO transmite emoción, no enardece contra los adversarios, no hay ahí vida. El ser humano se mueve por las emociones intensas, no los pensamientos racionales y analíticos. El amor a la patria, el odio a lo diferente que nos invade, el combate por una causa justa… esas son las señales comunicativas que animan a la gente en determinada dirección.

Tengo un hermano que también se caracteriza por mostrarse a todas horas diplomático y asertivo. NO porque lo haya aprendido, como los profesores que he tenido, le viene de nacimiento. Me hace gracia que a veces me mire con cierta envidia. Porque la gente no le toma bastante en serio. Les cae muy bien, pero no logra ese efecto de respeto que consigue una persona dotada de mala leche natural, que puede explotar en cualquier momento. Y a veces lo necesitaría, para gestionar su empresa. Cuando dice una cosa, se le escucha pero no deja poso. Es como si pasara de puntillas, carece de profundidad. Aún así, tras practicar mucho, ha logrado cabrearse de vez en cuando a la vieja usanza, poniéndose rojo y hablando atropellado. Pero solo lo exterioriza en la intimidad de la familia. Para el resto, le cuesta mucho dejar de ser majo. Cuando estrenó su piso, sus amigos iban allí, autoinvitándose, a pasar en principio un par de días, y se tiraban dos o tres meses viviendo del cuento. Y él con aquella dulzura suya aguantando el chaparrón, porque no era capaz de cantar las cuarenta al mindundi aprovechado. Es un problemón, eso de nacer diplomático.

El caso de los profesores que intentaron enseñarme asertividad me pareció aún más peliagudo. Se aprendieron las técnicas asertivas y las incorporaron a su forma de ser a machamartillo. El resultado formal es perfecto, pero el interlocutor adivina por debajo toda la ira y rabia contenida, a poco que hable con el docente. Me recuerda cuando mi hermano, que en una época fue niño e irreflexivo, aprendió a ‘reventar’ extintores. Casi lo deportan de un curso de inglés en Inglaterra por esa afición intempestiva. Le salvó que fue hace mucho tiempo y no había tanta rigidez en la educación de los menores. Bien, pues cuando hablo o escucho ahora a alguno de los ‘expertos’ en  asertividad no paro de pensar en aquellos extintores reventados: con toda la espuma saliendo a borbotones de forma peligrosa en cuanto la espita fallaba. Van acumulando presión, y mientras tanto sonríen, y argumentan, siempre educados, y nunca pierden los papeles. Pero sus manos se engarfian, y su cara se contrae, mientras se esfuerzan por aplicarse sus propias lecciones. No parecen nada felices, ni siquiera satisfechos con sus vidas.

Hummm, no sé, yo apuesto por seguir con mi mala leche.  Va por ustedes.

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