ESPIRITUALIDAD: Japón y los senderos sagrados de la remota Koyasan

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Koyasan, epicentro de la espiritualidad japonesa, es una jungla de cedros centenarios que esconde más de cien templos budistas. Recorremos su red de caminos de peregrinación entre montañas, aldeas y plantaciones de té

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Aunque es uno de los países con mayor densidad de población (336 habitantes por kilómetro cuadrado), lo cierto es que más de la mitad del territorio de Japón es pura montaña, así que basta alejarse apenas 80 kilómetros del bullicio de una gran ciudad como Osaka, para comprobar que existe otro Japón diferente al que estamos acostumbrados.

Esa vertiente remota del país, desconocida y casi deshabitada, encuentra en la prefectura de Wakayama su semblanza perfecta: una región al suroeste de la isla de Honshü, la principal del archipiélago nipón, que abarca los montes Kii y se asoma por un lado al océano Pacífico y, por otro, a la calmada costa del mar de Japón.

 

En la parte más alta de estas montañas que desde siempre se ha considerado un área sagrada y que está catalogada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, se encuentra Koyasan: una pequeña ciudad que todavía hoy funciona como centro neurálgico para la práctica y estudio del budismo. En torno a ella, en un radio de quince kilómetros a la redonda, quedan diseminados un total de 117 templos, santuarios y monasterios de distintos tamaños e importancia que cada año reciben más de quince millones de visitantes.

Para visitarlos todos hacen falta mucho tiempo y energía, pero hay que saber que todos ellos quedan enlazados entre sí por una senda de peregrinaciónque se inició hace doce siglos. Antiguamente eran monjes y emperadores con sus séquitos los que los recorrían y ahora se puede ver a turistas de todo tipo más o menos inspirados por alguna motivación espiritual y la ilusión de estar viviendo una experiencia única y casi mística.

A Koyasan se llega en dos horas de coche (o tres en tren) desde Osaka en lo que es un viaje no solo a otro lugar sino a otro estado mental. Algo especial tiene este lugar cuando a su fundador, un monje llamado Kobo Daishi, le llevó muchos años de viajes por todo Japón hasta decidir que sería éste el lugar ideal para fundar su primer monasterio: Kongobu-ji. Este y el complejo de Danjo Garan, que engloba en total 20 edificaciones entre templos y pagodas son los dos lugares más sagrados de la zona.

La mayoría de ellos tienen muchos años a sus espaldas, con lo que han tenido que ser reconstruidos. Visitarlos uno por uno tal vez sea demasiado teniendo en cuenta que cada cual tiene su propia identidad. Pero hay dos que bien merecen una visita pausada. Uno es la gran pagoda de Konpon Daito, que por fuera reluce pintada de un brillante bermellón y cuya forma también representa un mandala de flor de loto. Por su parte, Kongobu-ji, que funciona aún como sede de reuniones multitudinarias de monjes, dispone del jardín zen más maravilloso que se pueda imaginar.

Un poco más alejado existe otro templo especial. Se llama Jinson-in y también lo ordenó construir Kobo Daishi, aunque en este caso con la intención de que su madre residiese en él (en una época que las mujeres tenían prohibido el acceso a los recintos sagrados). Es por eso que este lugar ha tenido siempre un significado especial para las mujeres. Ellas siguen ofreciendo sus plegarias cuando tienen problemas de fertilidad o cáncer de mama. De ahí que haya tantos altares con jinzos, pequeños budas con baberos rojos y rodeados de objetos relacionados con la crianza de bebés.

Queda claro con esto que en Koyasan se vive una experiencia única detrás de otra. Probablemente la más impactante sea la visita al cementerio de Okunoin, el más grande de todo Japón. Especialmente si acontece a última hora de la tarde, cuando comienza a oscurecer y las lámparas que jalonan este sendero de piedra se iluminan confiriéndole a la escena un aire cargado de misterio. Hablamos del camino que conduce al mausoleo de Kobo Daishi en el que, a lo largo de apenas de dos kilómetros, se reparten a un lado y a otro más de 200.000 tumbas y estupas de todas las épocas y tamaños.

Los sepulcros más antiguos llevan doce siglos a la sombra de estos cedros centenarios justo porque, al morir Kukai, algunos de sus fieles decidieron yacer aquí para estar más cerca de su maestro. Con ese mismo objetivo, y aunque la creencia dice que Kukai nunca llegó a fallecer sino que alcanzó el estado de nirvana y su alma todavía habita en los montes Kii, desde entonces gente que perteneció a todos los estratos sociales pidió ser enterrada en Okunoin.

Grandes señores feudales, guerreros samuráis, aristócratas y recientemente incluso algún directivo de grandes corporaciones japonesas tienen aquí sus espacios (pintorescamente reservados con los logos de sus empresas). Para culminar la experiencia, al final del sendero se encuentra el puente de Ichinoha-shi, tan sagrado que no está permitido hacer fotos, así que todo el mundo lo cruza con parsimonia reverencial.

Origen: ELMUNDO

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