Cómo ser flexible, pero igualmente llegar a la meta

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A un curso prescrito de acción le llamamos una regla. Y muchas veces nos sentimos orgullosos de cumplirlas. Cumplir las reglas nos da una sensación de seguridad, de que estamos siguiendo el curso de acción adecuado y que nos estamos «portando bien», como nos decían cuando éramos niños. Además tenemos la confianza de que si adoptamos los parámetros socialmente reconocidos cumpliremos nuestros objetivos de la forma más fácil y rápida. Porque otros antes que nosotros, a los que consideramos de forma inconsciente más sabios y entendidos, fijaron esos parámetros y reglas. Por algo sería, ¿no?

NO SIEMPRE, muchacho. Muchas veces pasan los años y las reglas se mantienen en las organizaciones o los grupos sociales, pese a haber quedado obsoletas tiempo atrás. Nadie se ha molestado en cambiarlas.

Eso también pasa en el entorno familiar. Es impresionante la historia que cuenta T. Harv Eker en su obra Los secretos de la mente millonaria (un libro cien por cien recomendable, por cierto).  Era una mujer que siempre recortaba un poco los extremos del filete antes de freírlo en la sartén. Su marido le preguntó por qué lo hacía. Ella dijo que su madre siempre lo había hecho así. Preguntaron a la madre y ella a su vez dijo que su propia madre siempre lo había hecho así. Por suerte la abuela aún vivía y pudieron preguntarle el por qué de tan curiosa práctica. La respuesta: «Porque mi sartén era demasiado pequeña para contener todo el filete».

Otra cosa que ocurre con las reglas o con los objetivos es que pronto se vuelven aburridos y rancios. Aunque parezca increíble, hay una podríamos llamarla ‘luna de miel’ con un determinado propósito, como los de Año Nuevo. Empezamos con mucho entusiasmo, pero en una o dos semanas, precisamente cuando el hábito empieza a asentarse, también empieza a aburrirnos. Y ese es el momento de mayor peligro, cuando la mayoría lo deja. No se dan cuenta de que el aburrimiento es una señal de primer orden de que lo estaban consiguiendo. Los hábitos establecidos, como tomar un café cada mañana o lavarnos los dientes, no son excitantes. Son aburridos más bien. Los hacemos sin pensar, porque se han convertido en hábitos. A veces son beneficiosos. Otras, como el fumar, no. Pero todos son hábitos y en su propia naturaleza se halla que los hemos repetido tantas veces que ya ni pensamos en ellos al realizarlos.

Sin embargo, seguimos cometiendo los mismos errores con los nuevos hábitos que queremos implantar de forma consciente:

  1. Los hacemos grandes, muy grandes. Esfuerzos como ejercitarse media hora al día, o pasar de repente a dejar todos los dulces y solo comer frutas y verduras, o trabajar duro durante tres horas todas las mañanas, así de golpe, son casi una utopía para la gran mayoría de nosotros. ¿Por qué? Es demasiado cambio de golpes. Y los hábitos se instauran de forma casi sigilosa, a lo largo de mucho tiempo. A veces se necesita casi un año, y después todavía vamos a hacerlos día tras día, mes tras mes, durante el resto de nuestro vida. Cambiar las cosas a lo bruto no funciona, porque vemos el panorama completo, y nos agotamos solo de pensarlo. A la larga lo normal es que pronto abandonemos.
  2. Queremos que sean siempre emocionantes y divertidos.  Como cuando nos enamoramos de una persona. Pero no va a ser así. Nunca ocurre así. Al cabo de pocos días, o de una o dos semanas, ya nos hemos acostumbrado a la nueva rutina y no nos parece para tanto. Y es entonces cuando el grado de abandono llega a rozar el 80%.

HE AQUÍ DOS SUGERENCIAS PARA QUE EL PROCESO PUEDA TENER UNA MAYOR PROBABILIDAD DE ÉXITO

1 Flexibiliza y adapta tus reglas a cada nuevo día: En cada jornada que empieza tendrás que ver cómo adaptarte a las circunstancias, siempre cambiantes. ¿Eso es lógico, no? Porque cada día es diferente del anterior y del siguiente. Cada uno trae sus propios compromisos y obligaciones y citas pendientes. Entonces antes de empezar mira a ver cómo se pueden encajar tus nuevas reglas y hábitos en lo previsto para el día, de forma que puedas cumplirlos sin problemas. Aunque te guste hacerlos siempre a la misma hora y en iguales circunstancias, habrá días que tendrás que cambiar eso. Porque lo importante es cumplir lo que te propones, y no la hora exacta o el lugar, ten esto en mente. 

La forma antigua sería:

  • «Voy a correr 30 minutos a las 7 de la mañana todos los días».

Y la forma nueva sería:

  • «Hoy no me he levantado a tiempo a correr, pero todavía puedo hacerlo al salir del trabajo. Correré menos tiempo, solo 10 minutos, pero me vendrá bien para desconectar y renovarme, y luego ya podré descansar el resto de la tarde».

Hay diferencia, ¿no es cierto? Hay más posibilidad de que cumplas tu meta de la segunda forma, porque la has actualizado y es factible. Si mantienes la regla inflexible de solo correr a primera hora de la mañana, ese día ya la habrías fastidiado, te desanimarías, y probablemente te rendirías de inmediato o en los siguientes días, cuando volvieses a incumplirla.

Cuanto más flexibles sean tus reglas diarias, más fácil será su cumplimiento, no lo olvides

 

Al final posiblemente acabes ejercitándote (casi) todos los días a la misma hora, pero será porque esa hora siempre es la más conveniente para ti de día en día. 

2. No te pierdas en los detalles

Lo importante es cumplir tu regla a lo largo del tiempo

Demasiada gente se pierde en minucias sobre reproducir día a día la hora exacta en que la cumplirás, cómo la cumplirás, cuánto tiempo le dedicarás, y otros aspectos secundarios.  Se olvidan de mantenerse centrados en su propósito, que al fin y al cabo es cumplir la regla un día sí y otro y otro, hasta que se vuelva prácticamente automática. 

Es una forma de perfeccionismo encubierta que casi todos padecemos. Si no nos ejercitamos 30 minutos al día ya no vale. Si no empezamos el día con buen pie, el resto de la jornada la damos por perdida. Y así sucesivamente. Gran error.

Pero si eres más flexible en el cumplimiento, entonces será más fácil mantener tu regla (nuevo objetivo) en el tiempo y si así conviene convertirlo en hábito. 

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