¡CUIDADO! APRENDE A DEFENDERTE DEL INMENSO PODER DE LA SUGESTIÓN Autosecuestro: el nuevo truco de las mafias para dominar tu mente – El Mundo

Las mafias sofistican cada vez más sus técnicas de secuestro. La nueva ‘moda’ es manipular a las víctimas hasta conseguir que se retengan a sí mismas.

En una genial voltereta espacio/temporal, decenas de teléfonos comenzaron a sonar en 2015 a lo largo de la A-6, la carretera de La Coruña, justo a la salida de Madrid.

Ring, ring. Majadahonda, Las Rozas, Pozuelo incluso. Como un reguero de pólvora, como hiedra creciendo a su bola, los teléfonos comenzaron a sonar. Los descolgaban madres, abuelas, señores, la inevitable asistenta.

Al otro lado les esperaba una singular obra de teatro, hiperrápida y con acento latino. «Tenemos a su nieto». «Tenemos a su hijo». «Envíenos X dinero en X minutos o no lo volverá a ver». «Corra, corra que VAMOS A MATARLO». «LO MATAMOS: pague».

Había quien corría. Escuchaba a su nieto/nieta al otro lado del teléfono –«¡De verdad que parecía él!»-, enviaba por internet unos miles de euros y 15 minutos después, ya en sus cabales, se preguntaba: «Pero qué demonios he hecho».

Había quien colgaba el teléfono y se encogía de hombros: «¿Mi hijo? Pero si mi hijo está aquí a mi lado. Ven aquí, Juanito».

Y hubo quien se puso a tirar del hilo. Y los hilos de casi todas las llamadas (he aquí la voltereta) llevaban, como explican en la Guardia Civil, a un mismo sitio. A unos 11.000 km de la A-6. En Chile.

En concreto, a un enorme edificio situado a media hora de Santiago, en la región Metropolitana: la cárcel Colina II, uno de los penales más tremebundos de Latinoamérica (el quinto, según algún ránking periodístico). Unos 2.500 presos que, pastoreados por apenas 80 gendarmes -como allí se llaman-, hacen de su capa un sayo en términos de apuñalamientos, trifulcas y pendencias (y si no deciden otorgarse a sí mismos la libertad probablemente sea porque ahí dentro están calentitos).

«Entre esta gente, según pudimos investigar, se corrió la voz de que en la carretera de La Coruña vivía gente con pasta», cuentan en la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil. «Así que, como en esa cárcel al parecer tenían móviles y mucho tiempo, echaban las tardes llamando a Las Rozas, tirando cañas, a ver quién picaba. Y había quien picaba, claro, siempre lo hay. A veces hasta llamaban a número correlativos, cogían la guía y palante».

España estaba bautizándose en el proceloso mundo del secuestro virtual, que desde hace 10 años gobierna Latinoamérica (con el auge de la telefonía móvil), y que ahora, tras conseguirse detener el primer embate de los años 2015/2016, va sofisticándose.

Hasta el punto, por ejemplo, de utilizar las redes sociales para estudiar a la víctima y encontrar la rendija adecuada: «Han llegado a atacar a la familia de una persona que subió a Facebook un billete a la Riviera Maya», cuentan en la Sección de Secuestros, Homicios y Extorsiones de la UCO, donde también se resolvieron las muertes de Diana Quer, Gabriel Cruz y la familia de Pioz. «Subió el billete y ellos tomaron nota de las horas en que iba a estar volando, y por tanto incomunicado. Ahí se pusieron a freír a su familia. Van aprendiendo y cada vez utilizan más toda la información que el ciudadano va dejando en internet, que lamentablemente es muchísima. Demasiada».

Es una de las últimas mutaciones de una plaga que, para la Guardia Civil, «no hay manera de detener si no es con prevención»: el estudio de las redes. Ejemplo: el 9 de marzo pasado se recibieron en el pueblo segoviano de Navas de Oro (1.360 habitantes) al menos seis llamadas a teléfonos fijos en otros tantos domicilios.

Al otro lado del cable, una mujer con acento aparentemente colombiano gritaba entre sollozos infantiles. Las víctimas, todas ellas personas mayores en un modus operandi que sugiere un estudio previo, escuchaban a la mujer narrar una pesadilla: ella había secuestrado a su nieto/nieta, pero acababan de tener un accidente en el coche en que viajaban y necesitaban ayuda. Pero ayuda urgente: YA.

La dificultad para digerir tanta sorpresa (rapto-accidente-etc) no impidió a los seis ancianos sortear el peligro. O bien desconfiaron, o en ocasiones la mujer no acertó con el nombre del nieto, pero la situación dejó clara la capacidad de los malos para estudiar un entorno gracias a los datos en línea (internet, excelente big data para esta clase de timos).

Enciérrate a ti mismo

Aunque para el delito, dicen en la UCO, nada mejor que convertir a la propia víctima en autor del crimen, en un impecable bucle que traslada a nuestros días una figura muy de la Guerra Fría: el agente inconsciente. La persona que, sin saberlo, cree que está haciendo lo que dicta su voluntad, pero en realidad es un títere en manos de otro.

Bienvenidos al secuestro mental. Secuéstrese usted a sí mismo.

Querétaro, México, octubre de 2014. Un empresario catalán descansa en su hotel cuando recibe una llamada en el teléfono fijo de su habitación. Un día después, la Policía mexicana le liberaba, en una operación centelleante, en un hotel de San Juan del Río, a 54 kilómetros de Querétaro. Los agentes estaban preparados para una inevitable balacera, pero allí no había nadie.

De alguna manera, el hombre se había secuestrado a sí mismo.

«Al coger el teléfono en Querétaro, le dicen que le habla la Policía, que van a hacer una operación antidroga en el hotel en el que él está, justo en esa misma planta, y que están asegurando a todas las personas que allí se encuentran para que no haya víctimas colaterales», cuentan en la UCO. «Le dicen que recoja sus cosas rápidamente, que hay que ser muy ágil para no despertar sospechas, y que salga, coja un coche y se dirija a otro hotel en que el Gobierno le ha buscado una habitación. Le dan la dirección y le explican cómo llegar».

El hombre se sube a su coche de alquiler y en efecto hace esos 54 kilómetros sin saber que está, él mismo, metiéndose en la boca del lobo con un engaño que, teléfonos aparte, es más viejo que el timo de la estampita. «Una vez llega al nuevo hotel, en el que comprueba que es cierto que hay una habitación reservada al nombre que le dicen, suena de nuevo el teléfono de la mesilla: ‘Si sales de la habitación o si cuelgas el teléfono, estás muerto’. El hombre se queda colgado del teléfono fijo y le anulan el móvil».

Aprovechando esa situación de aislamiento autoinfligida, los secuestradores se ponen en contacto con la familia y piden un rescate de un millón de pesos, 60.000 euros al cambio. La familia presenta denuncia en Mollet del Valles. Los secuestradores dicen que forman parte del cártel de los Zetas, y que o dinero o descuartizan. La UCO manda un equipo a México y de ahí al kafkiano desenlace: no había secuestro, sólo una charada.

Meses después se produce en Monterrey una variante. Un empresario español del sector cerámico recibe una llamada a la habitación de su hotel: le llaman, esta vez, de una especie de policía paramilitar antidroga mexicana. Desconfían de los extranjeros, van a hacer una redada en su hotel, y si le encuentran droga «le van a desnudar, apalear y pegar un tiro en la cabeza», rapidito y por ese orden.

Obligan al empresario, ya a través de su propio móvil y por tanto encadenado a él, a bajar a una tienda frente al hotel y recargar 14 líneas de teléfono cuyos números le dictan, y también a comprar un móvil prepago y desactivar el suyo propio, siempre con instrucciones muy precisas que aterrorizan a la víctima.

Luego le llevaron al nuevo hotel, en el que había una habitación esperándole a nombre de «Matel», y donde le mantuvieron unas horas bajo tremendas amenazas -serrarle dedos, pegarle tiros en la cabeza: la clave de todo es la convicción en esas amenazas-, hasta que los agentes consiguieron contactar con él vía whatsapp y hacerle ver que, en realidad, en el fondo, todo tenía la consistencia de una macabra broma telefónica: como cuando, de adolescente, llamábamos a un número de teléfono al azar preguntando por el Doctor Rana o similares, pero a lo burro.

Menos risas

«Sí, parece cosa de risa, pero sucede mucho más de lo que creemos», dicen en la Sección de Secuestros de la UCO: «Nosotros tenemos claro que por cada caso que se denuncia, hay muchos más que no, porque a la gente le da vergüenza admitir que se la han jugado. Prefieren perder unos pocos miles de euros, porque los rescates suelen ser de cuantías bajas, antes que la autoestima. A nadie le gusta hacer el ridículo».

Latinoamérica, ya se ha dicho, es la meca de la modalidad hasta extremos dignos de un pintoresquismo, digamos, muy latinoamericano: el Gobierno colombiano, explican en la Guardia Civil, llegó a eliminar los postes de telefonía de todo el entorno de alguna cárcel del país como única manera de meterle mano al problema, perdiendo consiguientemente en los tribunales pleitos contra los ciudadanos que vivían en derredor del presidio -«tienen un problema grave con el control de móviles en las cárceles»-.

Sin embargo, cuentan en la UCO, la complejidad del secuestro mental es aún más oceánica a la luz de un dato: acuciadas por el miedo, víctimas del método del tío-tío, como se llama en Colombia, algunos “han llegado a pagar rescate por un sobrino… Cuando ni siquiera tenían sobrinos”.

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